Cristina Núñez en Yeosu. Por Linda D'Ambrosio.


La venezolana Cristina Núñez ha sido invitada al Festival Internacional de Arte de Yeosu, un evento bienal cuya sexta edición tendrá lugar este año a partir del 9 de septiembre. Egresada de la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela, su formación comenzó, sin embargo, mucho antes, pues también son artistas sus padres, Roberto Núñez y Sylvia Chávez. Junto a Sylvia, ceramista, pudo experimentar desde pequeña con la arcilla: “Lo que más me gustaba de todo el proceso era el esmaltado, y dibujar con tinta la superficie de las piezas. Tanto se acentuó el interés por esta área, que terminé sustituyendo la arcilla por el lienzo”. Tan pronto como concluyó sus estudios universitarios emprendió un recorrido a través de los museos de diferentes países, convencida de que “viajar hace que la imagen que tenemos del mundo se ensanche y multiplica las posibilidades plásticas y creativas”. En el año 2007 se incorporó, además, al Programa de Residencias para Artistas, radicándose sucesivamente en España, China y Corea, país este último en el que cursa actualmente la Maestría en Pintura de la Kookmin University. La artista señala que su estadía en Kwanju, en 2011, despertó su curiosidad por otros materiales y temas. En efecto, su obra reciente, más tridimensional, persigue representar lo fusión de lo tradicional y lo contemporáneo presente en el paisaje de Corea. Para ello, explora el tema del Hanbok, el traje típico coreano, a través de materiales como el acrílico, el plástico y las retículas de metal. Las sombras proyectadas y el efecto moiré desempeñan en estas piezas una importante función plástica. Su trabajo puede clasificarse en series, según la temática. Cristina es de las que abordan un asunto y lo explora, reinterpretándolo una y otra vez en cada una de sus posibles variantes, sin que se lleguen a perder nunca los rasgos que caracterizan su estilo, identificándola. Pintando en formatos desiguales, privilegia la textura con respecto al volumen: alcanza a veces en sus imágenes un efecto aterciopelado al matizar las amplias zonas planas de color yuxtapuestas con que construye los objetos. En otros casos, la superficie luce densa, pastosa: aplica la materia de forma desigual y sin temor a que se perciba el fondo, a veces más oscuro, lo que revela la voluptuosidad de una artista que habla de “sentir y disfrutar la textura del óleo y la combinación de los colores como quien muerde un mango a pleno sol”. Parece haber cierto contraste entre el estilo un poco naif empleado para describir los objetos, y la gravedad que inspiran sus personajes, de rostros triangulares y pálidas encarnaduras: rostros sin volumen, cuya fisonomía está apenas insinuada por unos pocos trazos que definen nariz y ojos, rasgos que a veces se encuentran sencillamente ausentes, y que a veces están cargados de dramatismo pese a su simplicidad. Sus cuadros resultan muy dinámicos, en parte por el colorido, y en parte por el empleo de líneas sinuosas, que confieren gran movimiento a algunas escenas. Expuesta en innumerables exhibiciones individuales y colectivas alrededor del mundo, su obra le ha valido diferentes premios. Sus reiterados éxitos son motivo de orgullo para quienes nacimos en un país que aflora en sus cuadros, y del que la pintora no se desvincula, como prueba el hecho de que afirme a propósito de su serie Nectáreo: “Estas flores, por tanto, llevan el gusto de las frutas de mi tierra, de los jugos y colores de mi jardín y de mi mesa. Venezuela desarmada en tonos y vuelta a armar, son las flores gigantes que me dan sombra cuando estoy lejos de mi casa”. linda.dambrosiom@gmail.com




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